Objetivos no cumplidos, sensación de que no se hace todo lo que se debería… Con ello llega la culpabilidad, un enorme peso para la mochila emocional de día a día. La culpa, sin embargo, tiene también su lado positivo. Conocerla para aprovecharla y desechar lo que no sirva.
Llega septiembre y con el fin de verano comienza un nuevo curso lleno de objetivos, planes y propósitos. Al mismo tiempo termina uno en el que muchas metas se habrán cumplido, pero otras no tanto: proyectos personales que no alcanzamos, objetivos familiares que no cumplimos y planes profesionales que no se han llevado a cabo, muchas cosas en el tintero y algunas páginas en blanco en nuestro libro del deber. Todo se vació nos genera un sentimiento que puede ser una lastre o un motor. Depende de nosotros.
Ese sentimiento es la culpa y ante ella no podemos volver la cara. Para Guillermo Kozameh, médico psiquiatra, psicoanalista y profesor universitario de Psicología, sentimos culpa “por los ideales no alcanzados, los ideales propios y lo que los demás esperan de nosotros; también por sentimientos agresivos hacia personas a las que queremos y respetamos; por sentimientos eróticos y por las prohibiciones morales impuestas y hasta por no haber concretado muchos de nuestros deseos posibles de haber sido realizados”.

La buena noticias es que pese a que la culpa puede generar desasosiego, también es útil; mucho, de hecho. A nivel personal actúa impidiendo que repitamos el mismo error dos veces y que nos tentamos responsables de nuestros actos.
Este sentimiento es uno de los grandes motores de la civilización. “Es uno de los elementos que nos une como sociedad y lo hace de un modo importante-asegura Javier Gonzáles, sociólogo-. Como reacción a la culpa, a la responsabilidad de nuestros actos, se generan reacciones comunes que se transforman en movimientos sociales, como en su día fue la aparición de las ONG”. Pero la culpa también tiene otros beneficios a nivel individual. Es verdad que a través de ciertas emociones, como la vergüenza, la satisfacción o el interés, podemos llevar a cabo ciertos actos (dejar de fumar, cuidarnos del sol, comer sano, etc.), pero la culpa logra que esa conducta se mantenga en el tiempo pues nos hace sentir responsables. Y no solo eso. Aquellos más proclives a sentir culpa tienden a ser más empáticos, a tener relaciones más saludables y a ser mejores resolviendo conflictos. ¿Por qué? Porque la clave de la culpa es que nos lleva al lugar del otro, a sentir lo que sienten los demás.
Tres clases de culpa
¿Qué sucede cuando nosotros nos sentimos culpables por no haber cumplido los objetivos propios? En este caso nosotros somos los únicos involucrados, todo reside en nuestra cabeza… y en nuestro interior. Entonces, “la culpa debe resolverse desde lo individual –asegura Javier Gonzáles- ya que cuando hablamos de culpa hablamos de personas. Cada uno la vive de acuerdo a su modo de ver las cosas”.
¿Cómo transformar, entonces, este sentimiento para que nos permita solucionar nuestros problemas? Primero, es necesario determinar qué cosas nos hace sentir culpables. Hacer una lista de ellas y luego darles un valor que es propio y (muy) personal. De este modo, la escala de valores que realicemos nos permitirá estableces tres clases de culpas. Primero, aquellas que no tenemos por qué sentir; luego, las que nos permiten ejercer una acción efectiva para transformar la culpa en solución (aunque sea en pequeña escala) y, finalmente, las que aceptamos sin cuestionarnos ya que vienen impuestas por la sociedad. La primera de ellas sería, por ejemplo, ir de compras. Si trabajamos, ganamos dinero y no estamos privando de nada a nuestra familia n incurriendo en deudas, ¿por qué no hacerlo? La segunda clase de culpa es aquella que nos despierta, por ejemplo, el hambre en el Tercer Mundo. Vale que no seamos responsables, pero nuestra acción (o inacción) puede aportar un cambio positivo. Por último, si sentimos vergüenza por una relación caracterizada por la diferencia de edad o el estatus social, por ejemplo, es una emoción condicionada por nuestra cultura y privarnos de ella por el “qué dirán” no nos hace mejores ni soluciona nada.
Convertirlas en motor
Pase a todas sus bondades y ese lado oscuro que tanto nos pesa, sentir la culpa es inevitable. Por un lado, “si no lleva a la autodestrucción y a provocarse enfermedades inconscientemente –asegura Kozameh- es positiva. Nos permite reconocer nuestras faltas. Es lo que permite un intercambio, un respeto por el semejante y una deuda simbólica con el entorno que nos ha constituido como humanos. Nos da una prórroga y de acuerdo a nuestras capacidades y nuestras reales posibilidades”.
Si elegimos ver la culpa desde el lado positivo, esta se puede convertir en un motor para que las buenas intenciones se transformen en mejores acciones. Como con casi todo en la vida, las cosas no son tan buenas o malas, son como nosotros hemos decidido, elegido, verlas.




