Una madre que se sacrifica, un jefe que nos da una oportunidad… y ya nos sentimos en deuda. ¿Cómo romper el círculo vicioso y recuperar la libertad?
Marta acude todos los domingos a comer a casa de sus padres. Todo el mundo aburre un poco, pero nadie se cuestiona esta cita obligatoria, ni siquiera la propia Marta: “¿Cómo dejar de ir? Sé que a mi madre le hace ilusión vernos por lo menos una vez a la semana, pero reconozco que cada vez se me hace más cuesta arriba”. Santiago, por su parte, no ha podido evitar llevarse a su casa a Pedro, uno de sus amigos de la infancia, que está pasando por una mala racha: “Sin casa, sin trabajo, con su familia lejos, no podia dejarlo en la estacada. Empieza a haber tensiones entre mi mujer y yo por él, pero se trataba de una cuestión de lealtad: los amigos están para ayudarse“.

Los casos de Marta y de Santiago no son casos aislado:.
Como ellos, todos nos sentimos “responsables” de nuestros padres, amigos, hermanos, colegas de trabajo. Nos imponemos deberes, obligaciones y misiones que nos envenenan la vida cuando nadie nos ha pedido que hagamos nada. Esta actitud está motivada por lo que especialistas como Freud han llamado “deudas inconscientes” y que nos hacen tener la sensación de que le debemos algo a los demás. Pero ¿de dónde viene esta sensación de estar en deuda?
Una deuda simbólica
Para Guillermo Kozaméh, psicoanalista y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid, la explicasión es sencilla: “El ser humano sabe que no es un producto de la nada y que su origen se debe a otro. Esta relación establece una deuda simbólica y no tangibles materialmente. En nuestra cultura, esa deuda simbólica está relacionada con los padres que nos dieron la vida. Si estos han mantenido un vinculo normal de entrega a sus hijos y piden gratitud por ello, es normal que exista de nuestra parte, como hijos, una renuncia o aceptar situaciones que no corresponden totalmente a nuestros deseos”.
Pero el peso no siempre es fácil de conllevar, como explica Rodrigo, de 53 años: “Me tuve que poner alfrente de la fábrica que mi bisabuelo habia levantado. Era una tradición en la familia que los primogénitos ocupasen la dirección. Lo hice sin ganas, por sentido del deber. Mis sueños eran otros: ser arquitecto. A veces pienso que arrruiné mi vida por la familia”.
El pensar “no puedo abandonarle, me necesita” es someterse a la ilusión infantil de que podemos salvar al otro
Los padres no son los únicos responsables de estas relaciones tan asfixiantes. A su eterno “con lo que me he sacrificado por ti”, responde el fantasma de omnipotencia de los hijos. Decir de los padres o un amigo “no puedo abandonarle, me necesita”, es someterse a la ilusión infantil de que vamos a poder salvarles, de que sin nosotros no podrán salir adelante.
Es como si prefiriésemos sacrificarnos a vivir bajo el peso de la culpa. “No estuve alli cuando me necesitaba”, “le di un gran disgusto”, “creo que la he decepcionado”, detrás de todas estas angustias se esconde el temor a dejar de ser queridos. Algo que afirmaba Freu cuando escribía sobre la culpa. A su juicio, la conciencia de culpa es más que todo una angustia frente a la pérdida del amor. Algo en lo que coincide Eduardo Roselló, psicoterapeuta y autos de Así está bién (Libros del Comienzo): “Vivimos en una civilización con una gran cantidad de culpa. Podemos fijarnos, por ejemplo, en el mito del “pecado original” y que ilustra la culpa con la que somos socializados desde nuestro nacimiento. Creo que esa sensación de deber algo a los demás, al margen de lo que haya de cierto en esa deuda, es fruto de esta ídea irracional que se nos ha repetido desde pequeños para fomentar más culpa en nosotros”.
Aprender a decir no
¿Cómo salir de este círculo infernal? Estableciendo relaciones más sanas con los demás “Ponernos a buscar culpables supone una pérdida de tiempo y es una forma de seguir potenciando y reforzando el juego de la culpa. De lo que debemos darnos cuenta es de que se puede salir de ese circulo vicioso. Se trata de aprender a decir no. Aunque las primeras veces no escueza, veremos cómo poco a poco se va haciendo más sencillo. Y aprender, por otra parte, a desmontar a nuestras creencias irracionales presuntándonos: ¿de verdad le debo esto?, ¿soy tan mala persona como me quieren hacer creer? y ¿cuál es el propósito encubierto que tiene este chantaje?”, propone Eduardo Roselló.
Vivir según nuestro deseo obliga a cerrar puertas, a dejar de lado relacionados que se han empobrecido o que han dejado de interesarnos. No se trata de egoísmo, sino de abrirnos al mundo. Por supuesto que el lazo con el pasado y la fidelidad son dos valores importantes que crean una continuidad en nuestra existencia. Los testigos de nuestra vida son puntos de referencia reconfortantes que nos ayudan a mantenernos en pie, a hacerle frente aun futuro desconocido. No se trata de renegar de nuestros amigos o de nuestra familia, sino de deshacernos de lo que nos retienen y poder acceder asi a nuestra propia autonomía. No es ingratitud, sino una cuestión de supervivencia.
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