Cuando estamos cansados, en lo primero que solemos pensar es en tomarnos un aporte vitamínico para reforzarnos fisicamente. Pero ¿y si el origen de ese agotamiento estuviera producido por el estrés?
El estrés es un respuesta de activación del organismo ante el peligro. Evolutivamente es imprescindible, pues es el motor para adaptarnos. Cuando es una reacción a un hecho puntual, su objetivo es poner nuestro organismo a punto para responder al estímulo. Pero cuando deja de ser una respuesta para convertirse en una conducta, conlleva consecuencias. Enrique García Huerta, psicólogo y director de Quality Psicólogos, en Madrid, explica que “cuando hay ansiedad, nuestros músculos se tensan porque tenemos que estar en alerta. Pero los músculos necesitan aportes para mantener la tensión, entonces aumenta el ritmo cardiaco para llevar más sangre, los músculos gastan más oxigeno y se altera nuestra frecuencia respiratoria, las funciones gástricas… Hay cerca de 200 cambios en el organismo por el estrés“.

¿Lo que el cuerpo aguante?
Todos esos cambios provocan que nuestro cuerpo y nuestra energía se resientan. El estrés está en la base de todas las enfermendades psicosomáticas: úlceras, cefaleas de tensión trastornos gastrointestinales, tumores… Las situaciones de estrés van bajando las defensas de nuestro organismo. Y cada días nos sentimos más agotados.
¿Cúál es la solución? Juan Carlos Álvarez Campillo, psicólogo y coach, da algunas pistas: “La fatiga empieza en la cabeza. Recuerdo una frase de Miguel Indurain. Al dejar el ciclismo le preguntaron qué había aprendido: “Que el cuerpo aguanta más que la mente”, respondió. Y es que en la mente hacemos plades. elucubraciones imaginarias y mil combinaciones, y así nos creamos problemas imaginarios que no tienen solución real. Todo eso genera una carga de tensión y estrés que es muy dificil sacudirse”. De ahí que si logramos frenar la escalada de nuestra imaginación, si conseguimos aclararnos y establecer prioridades a cada momento, podremos evitar el estrés.
“Según el valor que le damos a las cosas cotidianas que nos ocurren, así le decimos a nuestra emoción que tiene que reaccionar -confirma García Huerte-. Los atascos son un ejemplo de esto: o reacciono mal o acepto que cojo el coche porque me resulta más cómodo y aprovecho ese tiempo no para quejarme, sino para escuchar la ópera que siempre quise o aprender un idioma. Si yo me consigo quejando, activo constantemente mi cuerpo, el corazón no funciona solo y el cuerpo se agota”.
Aprender a gestionar el estrés para mejorar nuestra calidad de vida es posible y muy positivo y no solo para uno mismo. Quienes son padres también ayudarán con su actitud a sus hijos. La gestión del estrés se aprende por imitación o por observación y ellos aprenderán de nosotros según cómo nos enfrentemos a este. Podemos ayudarles actuando nosotros correctamente y también enseñándoles desde niños porque, como explica García Herte, “quienes han sido cuidados sobre pañales, se han frustrado poco y todo han sido para bienes, cuando se enfrenten a un peligro real no van a tener instrumentos. La independencia de gestión, dejar que el niño tenga sus frustraciones, es vital, Debemos enseñarles para que aprendan a gestionar de mayores sus problemas”.
Ya en la edad adulta, el estrés puede abordarnos desde tres áreas: social, laboral y emocional. Cada uno de ellos tiene respuestas específicas. Y un denominador común, nosotros. Si la tensión que tenemos no la podemos canalizar, quedará dentro y se cargará más. Somos nosotros los que tenemos la opción de cambiarlo. Los dos expertos no dan pautas para ello.
Fuente: revista Psychologies