Una crítica acerba o un retraso imprevisto basta para que se ponga a echar pestes. Siempre descontentas consigo mismas, el enfado es el único camino para comunicarse con los demás. ¿Es algo heredado o síntoma de un malestar?
“Soy de las que salto en seguida. ¿Alguien me lleva la contraria? Primero defiendo con uñas y dientes mi postura y luego me encierro en un silencio molesto. ¿Me pitan cuando conduzco? Insulto de la peor manera al conductor. ¿Se bromea a mi costa? Devuelvo las bromas con muy mala intención”. Verónica, de 42 años, es consciente de que cada vez que trata con alguien surge un roce. “En seguida siento cómo la indgnación me sube por dentro y exploto”.

Como señala Elena Borges, psicóloga clínica de niños, adolescentes y adultos, “la ira es el sentimiento que precede a cualquier actitud de pelea y suge cuando la persona se ve amenazada o frustrada. No obstantes, si la ira aparece como actitud de defensa y se maneja de forma asertiva y controlada pasa a ser una respuesta normal. Solo cuando se convierte en una reacción habitual pasa a tener connotacions patológicas”.
Querer ser aceptados: Las causas que provocan este comportamiento son de los más divesas, tal y como explica Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología: “Existen factores genéticos y ambientales, es decir, hay personas que por su propia naturaleza tienden a la exasperación y a la irritación excesiva, incluso con pérdida de control, sin olvidar que esta tendencia temperamental se incrementa en situaciones de estrés o ansiedad”.
Por ejemplo, cuando se acumulan exigencias, prisas, presiones económicas, etc,. como le ocurrió a María, de 35 años, que estuvo a opunto de ver cómo su negocio iba a quiebra. La excesiva tensión y las preocupaciones solo le permitían enfrentarse a su entorno con ira, que aparecía sin motivo aparente. “No aceptaba ninguna critica, todo me sentaba mal, no dormía, era un infierno convivir conmigo, hasta que me di cuenta que podía controlarme, respirar hondo, y ver la vida con más tranquilidd. A partir de ese momento, las cosas empezaron a cambiar…” Todos necesitamos el reconocimiento de los demás. Si no nos sentimos seguros en nuestra propia autoestima, reaccionamos frágilmente al mínimo comentario con cierta agresividad.
No soportar la frustración: En otros casos, puede deberse a un comportamiento adquirido en la infancia. O bien porque la cólera era una emoción prohibida en la familia y esta termina por aparecer años más tarde de manera incontrolada o bien porque nos consintieron demasiado, como indica la psicóloga clínica Mónica Fillola Moreno; “Cuando se es pequeño, se aprende una serie de habilidades para enfrentarse al entorno (personas y sutuaciones) que al cabo del tiempo se impondrán como hábitos de interación con el medio”. La consecuencia es que el niño aprende que si se pone terco y obstinado alcanza sus caprichos, y por eso hace suya esa pauta de conducta.
Pero si ante la misma actitud el niño caprichoso no recibe el resultado esperado, se cansará y cambiará de comportamiento, lo que le beneficiará no solo en ese momento, sino de cara a sus futuras relaciones personales, profesionales, situaciones adversas que se pueda encontrar, y aprende a ser como aceptar un “no” por respuesta.
Para el entorno no siempre es fácil lidiar con estas personas. Mantenerse fime es una manera de ayudar.
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