Ojalá no hubiera desgracias ni crisis, rupturas ni adioses. No es una balsa de aceite, no (por fortuna hay picos porque cuando nada se ha acabado), pero nosotros la complicamos más: enmarañarmos pensamientos y relaciones y creamos necesidades falsas. La solución no es rendirse al desinterés ni renunciar a todo lo que material, sino aligerar: relativizar, atender a los verdaderos deseos, reír, disfrutar de los pequeños placeres (muy oportunos en esta crisis que oscurece nuestros días) y rescatar de cada experiencia una enseñanza para dar sentido a nuestra vida.
Así sea. Viaje a la simplicidad.





