Para percibir “que valemos” contamos con dos estrategías mentales. La primera es la competitiva, que nos permite aumentar nuestra autoestima imponiéndonos a los demás en cuestiones puntuales o estableciendo retos personales que nos permitan superarnos a nosotros mismos. La segunda es la incondicional: hay personas que se quieren a si mismas porque han adquirido valor en un determinado contexto, como la familia o el trabajo.

Uno se siente insignificante porque carece de ambos tipos de autoestima. En determinados casos, la estrategia competitiva puede fracasar porque nos centramos en compararnos con los demás en cuestiones en las que salimos derrotados, por ejemplo, el fisico o los logros laborales. En otras circunstancias, la sensasción de mediocridad viene dada por la pérdida de autoestima incondicional. Es lo que ocurre cuando somos valorados por nuestro grupo de referencia y cambia el contexto, de forma que ese grupo pierde valor.